De Norte a Sur, adonde trituraron
o quemaron los muertos,
fueron en las tinieblas sepultados,
o en la noche quemados en silencio,
acumulados en un pique
o escupidos al mar sus huesos:
nadie sabe dónde están ahora,
no tienen tumba, están dispersos
en las raíces de la patria
Pablo Neruda, Canto General, 1950.
EL PASADO QUE NO PASA
Si uno lee la poesía del gran poeta chileno Pablo Neruda sin saber en qué año fue escrita ni cuándo murió Neruda, uno podría imaginarse que está referida a la última dictadura argentina o a la chilena. Sin embargo, es de 1950, y se refiere a las matanzas ocurridas en América, especialmente en Chile. Una de ellas fue la de Santa María de Iquique, adonde se masacraron a cientos de obreros que estaban en huelga, en diciembre de 1907.
¿Qué es lo que hace que sintamos tan actual la poesía?
Las palabras duras, limpias, sin vueltas, de Neruda, nos muestran una realidad negada por años, como pasó con los desaparecidos por las últimas dictaduras latinoamericanas. Y como sigue pasando con esas personas cuyos cuerpos fueron ocultados por los asesinos, en la medida en que no se encuentren o se identifiquen sus restos para que su familia, sus amigos, sus compañeros, los puedan despedir, en las actuales democracias. Si el ciclo normal de la vida no se cierra, si el camino a la búsqueda de la verdad de lo ocurrido está obstaculizado y por eso no se puede conocer lo sucedido ni difundirse, la historia sigue como una herida abierta: para la sociedad no se procesa como algo que terminó, y se siente como un pasado que no pasa.
Se trata de un pasado abierto, de algún modo inconcluso, cuyos efectos
en los procesos individuales y colectivos se extienden hacia nosotros y
se nos vuelven presentes.
(Franco y Levín, 2007)
¿HASTA QUÉ MOMENTO LLEGA LA HISTORIA?
La Historia es la ciencia de los hombres en el tiempo. Todo lo que existe tuvo su origen en el pasado, y la Historia y otras ciencias tratan de conocerlo, comprenderlo e interpretarlo. La Edad Contemporánea llega hasta nuestros días, por consiguiente la historia contemporánea abarca hasta el tiempo presente.
No se puede afirmar que haya una fecha desde el presente hacia atrás en la que los hechos pasados dejan de ser históricos. La importancia de lo acontecido como para que implique determinados cambios en la sociedad en que vivimos, hace que algunos historiadores, sociólogos, antropólogos, economistas, e incluso periodistas y otros analistas de lo humano lo consideren “histórico”. En ese punto, estiman que es imprescindible intentar dilucidar el entramado que llevó a que se produjera ese acontecimiento, y analizar parcialmente las múltiples consecuencias que se extienden hasta el presente y que todavía no terminaron de desencadenarse. Es decir, se mantiene en la incertidumbre cómo culminará ese hecho que se está analizando, cuál será su final, pero aun sigue siendo historia, porque la historia contemporánea es la historia de lo que estamos viviendo (Aróstegui, 1989).
Esta escritura de la historia sobre ciclos no cerrados no es nueva, siempre existió. Desde los tiempos de los primeros historiadores de nuestra cultura: Heródoto (485-425 a.C.), llamado el “Padre de la Historia”, Tucídides (460-396 a.C.), Polibio (200-118 a.C.), Julio César (100-44 a.C.) existía la conciencia de “que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres” (Heródoto, Los nueve libros de la historia).
Las razones de escribir la historia de su tiempo estaban muy claras para Tucídides:
Tucídides el ateniense relató la guerra entre los peloponesios y los atenienses
describiendo cómo lucharon unos contra otros, y se puso a ello apenas fue declarada
por considerar que iba a ser grande y más famosa que todas las anteriores […]
Los sucesos anteriores a estos, y los aún más antiguos, me resultó imposible, en verdad,
conocerlos exactamente debido al largo tiempo transcurrido”.
(Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso)
Durante el siglo XIX la escritura de nuestra historia estaba ligada a la fundación de nuestra patria, a forjar nuestra identidad como pueblo, a las preocupaciones organizativas por la nueva nación, o a la justificación o exaltación de las propias acciones, entre otras motivaciones.
Veamos por ejemplo el caso del primer artículo periodístico publicado por Domingo Faustino Sarmiento en Chile en 1840, bajo el seudónimo de “un teniente de artillería en Chacabuco”. Allí describe la batalla de Chacabuco, que tuvo lugar en febrero de 1817, es decir, 23 años antes del momento en que estaba escribiendo. Se trataba de historia reciente, de hechos que todavía tenían mucho impacto para la sociedad a la que se dirigía. Las fuerzas criollas, comandadas por el general José de San Martín con su victoria, hicieron cesar al gobierno español, por lo que asumió como Director Supremo de Chile el brigadier Bernardo O’Higgins. En ese artículo Sarmiento interpela a la sociedad chilena: le reprocha el olvido o las duras críticas por parte de esa “generación ingrata” a la que considera carente de patriotismo, porque no valora las luchas por la independencia y cuestiona a sus figuras “como si el régimen colonial en el que fuimos creados, y la ignorancia y la abyección de nuestros padres, nos hubiera dejado solo virtudes”. Para des-olvidar, para asumir el compromiso con la Patria, Sarmiento comienza, con este artículo sobre San Martín, su larga carrera con los ensayos que lo harán famoso.

En esta preocupación por rescatar la historia reciente, Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Juan M. Gutiérrez, Félix Frías y otros intelectuales crearon el Instituto Histórico-Geográfico del Río de la Plata, en 1856. Escribieron en 1857 Galería de celebridades argentinas. Biografías de los personajes más notables del Río de la Plata a fin de “que se lea en las escuelas, que ande en todas las manos, y forme con su ejemplo varones animosos”.
Con otro estilo, Vicente Fidel López, hijo del autor del himno, publicó entre 1872 y 1875 su primera edición de Historia de la República Argentina; tuvo en cuenta para su escritura fundamentalmente fuentes de transmisión oral: las memorias de la extensa vida política de su padre y de sus conocidos. Su historia, rica en anécdotas, no se consagró a la construcción de héroes, sino más bien trató con escaso brillo las figuras individuales; por ejemplo, tomó como el culpable de las desgracias nacionales de esa primera etapa de la historia argentina a Bernardino Rivadavia (Halperín Donghi, 1996).
