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Clase 2 – La disputa por el pasado y la escritura de la Historia

Si la historia la escriben los que ganan,

eso quiere decir que hay otra historia,

la verdadera historia,

quien quiera oír que oiga.

Litto Nebbia

Durante milenios, los gobernantes o las clases dominantes, es decir, quienes tenían el poder político o de control ideológico o económico sobre el resto de la población, eran los únicos que tuvieron posibilidades reales de hacer conocer su versión de los hechos ocurridos. Se plasmaban para las futuras generaciones la historia de los reinados, el desarrollo de las guerras, las vidas de santos, las memorias de gente que quería ser célebre en las generaciones posteriores. Parte de lo que no entraba dentro de esas historias se transmitía oralmente en las clases populares, a menudo iletradas. Sin grandes medios de comunicación que los difundiera ni con un aparato erudito que lo respaldase, era importante preservar de algún modo su conocimiento para salvaguardia de los intereses populares.

Como decía Atahualpa Yupanqui en El Payador perseguido,

Pero si el canto es protesta

contra la ley del patrón,

se arrastra de peón a peón

en un profundo murmullo,

y marcha al ras de los yuyos

como chasqui en un malón.

Con el número creciente de asociaciones obreras en la segunda mitad del siglo XIX (que luchaban por mejorar las condiciones de trabajo y de vida para los trabajadores y sus familias), con la ampliación del voto a las capas menos pudientes y la consecuente propagación de la lectoescritura, y con la elaboración una explicación del mundo (el materialismo dialéctico) y una explicación de la historia (el materialismo histórico) por Karl Marx y Friedrich Engels, se fueron redactando y publicando otras historias, fuera del control de la burguesía dominante.

El positivismo, corriente filosófica surgida en el siglo XIX que se atribuyó la capacidad de afirmar qué conocimientos son científicos y válidos, fue utilizado como justificación ideológica del imperialismo en la medida en que impuso sobre las ciencias humanas el método de las ciencias naturales. Se tomaron, por ejemplo, elementos de la teoría de Darwin (quien postulaba básicamente que como los recursos para subsistir y el espacio son limitados, no todos los seres vivos pueden vivir para reproducirse, por lo que se produce la lucha por la vida, y sobreviven los más aptos) que se adaptaron a la filosofía, psicología y ciencias sociales: el evolucionismo o darwinismo social, que justificaba el dominio del más fuerte o mejor preparado tecnológica o económicamente, fue usado como argumento “científico” de la expansión de las potencias europeas sobre el resto del mundo. Así también se proveyeron con argumentos pseudo-científicos a las doctrinas de superioridad racial que se difundieron a fines del siglo XIX y muy especialmente en la primera mitad del siglo XX, con el auge del nazismo.

En el campo de la historiografía se fijaron reglas para determinar qué se podía considerar historia científica, para lograr la imparcialidad del historiador, cuya labor se debía basar en el trabajo en archivos y la crítica de las fuentes. Pero muchos historiadores se limitaron a buscar y analizar documentos, sin crear un marco explicativo más amplio, creyendo que el conocimiento histórico procede en forma acumulativa y progresiva.

En aras de la supuesta objetividad del historiador, el positivismo restringió el análisis histórico de lo contemporáneo, y esos estudios quedaron en manos de sociólogos, antropólogos, etnólogos, economistas, periodistas, demógrafos, politólogos, hombres de negocios y funcionarios internacionales (Soto Gamboa, 2004).

Qué había que escribir en el siglo XIX según Mitre

Como ejemplo de la disputa por el sentido de la historia, dentro incluso de la historia liberal y positivista, podemos ver el caso del abogado e historiador Adolfo Saldías, discípulo de Bartolomé Mitre. Saldías fue alentado por el famoso periodista, historiador, militar y ex presidente (de facto y constitucional) para continuar con la historia de nuestro país, ya que su Historia de Belgrano había llegado hasta 1820. Para conocer mejor los tiempos de Rosas –de quien “sabía” que se trataba de un monstruo sangriento– apeló a las fuentes: colecciones de periódicos de la Gaceta Mercantil, el Archivo Americano de De Angelis (Rosa, 1981) y los archivos que Juan Manuel de Rosas había llevado a Londres (Quattrocchi-Woisson, 1995). Quedó asombrado por un panorama totalmente diferente al que esperaba encontrar, y escribió tres volúmenes entre 1881 y 1887 (Historia de Rozas y su época, luego llamado Historia de la Confederación Argentina). Afirmó que el objetivo de su obra es:

“transmitir a quienes recogerlas quieran las investigaciones que he venido haciendo acerca de esa época que no ha sido estudiada todavía, y de la cual no tenemos más ideas que las de represión y de propaganda, que mantenían los partidos políticos que en ella se diseñaron. (…) No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado.”

A Mitre no le gustó la obra de su brillante discípulo, y le espetó que se trataba de “un arma del adversario en el campo de la lucha pasada”. Adolfo Saldías le manifestó que su maestro pensaba eso debido a la “efervescencia de las pasiones políticas”. El estadista le respondió, reconociendo “la inmensa labor que encierra su libro”:

“Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios porque he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo declararle que conscientemente los guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha”

Historia y política en Argentina del siglo XXI

Según el criterio positivista de cientificidad, para que la historia sea científica debe despegarse el objeto a estudiar del sujeto que está investigando, quien debe actuar sólo como observador. La creencia en la imparcialidad del historiador, en su objetividad, induce a errores: toda persona que se siente a observar algo lo hará con un preconcepto, con una ideología, con una cosmovisión. Si piensa que es “apolítico”, es porque no tomó conciencia de que en realidad está aceptando al mundo establecido como válido, y por lo tanto aprueba las relaciones sociales y económicas existentes. Quienes califican una postura de “ideológica” lo hacen generalmente porque va contra el sistema, cuando en realidad si no lo critica, está a favor del mismo y también forma parte de una ideología (la dominante, claro está) aunque no esté explícita.

Si analizamos la historiografía publicada, aunque muchos hagan invocación a la imparcialidad y a las fuentes, se puede vislumbrar la subjetividad de los historiadores. Los que escriben la historia están tan influenciados por su formación académica como por las ideologías que adoptan o rechazan, por los condicionamientos económicos donde ejercen su investigación o publican sus trabajos y las instituciones que promueven o vetan los temas de tesis.

El más renombrado historiador argentino, Tulio Halperín Donghi, confesó en una entrevista que no cita mucho sus fuentes, hecho que –con sus propias palabras– “es objetable”. Explicó que trabaja mucho en los textos y pone lo que quiere.

“Mi selección está hecha con mi criterio, es decir, lo que me parece importante. Ahora tengo una especie de adversario [el historiador nacionalista Norberto] Galasso, que explica que para hacer historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta. Es una manera un poco tosca de decir lo que todos hacemos”

En Argentina existen importantes instituciones amparadas por el Estado que se dedican a la investigación histórica, a la publicación de trabajos, a la digitalización de documentos históricos, a dictar cursos, a difundir la investigación mediante concursos y/o premios, a realizar dictámenes sobre informes que instituciones gubernamentales les solicitan…

Entre ellos se destacan la Academia Nacional de la Historia y el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y del CONICET – Consejo Nacional de Investigaciones Científicas).

Durante prácticamente todo el siglo XX y lo que va del XXI, ambas prestigiosas instituciones monopolizaron el saber histórico legitimado por la comunidad científica. Gracias a distintos contactos con los gobiernos nacionales, que colaboran económicamente con las publicaciones, se produce su difusión. Se construyeron de este modo los lineamientos que se enseñan en los establecimientos educativos y de investigación sobre el pasado nacional.

Sin embargo, no constituyen las únicas versiones de la historia que circulan. Con la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego por decreto 1880/2011, el gobierno decidió que el asesoramiento para la mirada oficial sobre los héroes populares de la historia nacional y latinoamericana sea solicitado a este organismo (y no a la Academia, como era antes). Esta medida irritó a muchos historiadores académicos que afirmaron que el revisionismo es “una nueva forma de uso político de la historia”. El Director del Instituto Ravignani José Carlos Chiaramonte siente que se califica a los “historiadores que pueblan los centros de investigación del Conicet y de las universidades, y que no participan de la corriente denominada revisionismo histórico, con el agraviante mote de liberales extranjerizantes.”

En realidad, el decreto establece que el Instituto reivindicará a todos los que “defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante”. El problema que se dirime con este debate es la relación de poder entre producción y distribución de conocimiento, y quién utiliza la historia para qué fines. Según la socióloga Ana Jaramillo, “circunscribir el conocimiento y la escritura a los ‘historiadores científicos’ con los oropeles académicos implica la voluntad de perpetuar el poder de quienes pretenden tener la Verdad, debido a su formación académica”.

En este debate, el periodista Mariano Grondona –defensor de dictaduras varias– afirma que le hubiera gustado que el gobierno apoye a una visión “pacificadora” y “abarcadora” de nuestro pasado. El problema es que lo que no está explícito puede ser sutil, oculto, engañoso, y esa posición se utiliza para denigrar a quienes asumen otra mirada y la explicitan.

Como dice el historiador inglés Eric Hobsbawm, en su libro Sobre la historia, “Los hombres son o deberían ser partidistas en su actitud ante las ciencias, toda vez que éstas mismas son partidistas”.

En el mismo sentido, los historiadores argentinos Fernando Devoto y Nora Pagano, en su libro La historiografía académica y la historiografía militante en Argentina y Uruguay, afirman “La historiografía no puede desvincularse del destino político de cada país, ya que esta es la función ideológica que la historiografía asume o se le atribuye, ni de las diversas tradiciones culturales en las que ella se inserta”

La “batalla cultural”, ¿ha llegado hasta la historia argentina?

Por Mariano Grondona

Es de todos conocido el hecho de que los argentinos interesados en descifrar nuestro pasado no contamos hoy con una sino con dos y hasta con tres historias para consultar. A la primera en aparecer, que podríamos llamar “clásica” aunque sus adversarios la llaman liberal, corresponden, para tomar un solo ejemplo, las grandes biografías de Bartolomé Mitre sobre José de San Martín y Manuel Belgrano. Pero con el paso del tiempo se difundieron las obras de otros autores como José María Rosa a quienes, porque su empeño fue revisar críticamente la historia clásica o liberal, se los llamó revisionistas. Tampoco podría ignorarse la obra historiográfica de un tercer grupo de autores que, con la ayuda de los modernos elementos de la investigación, han pretendido llegar a una visión en cierto modo “abarcadora” de nuestro pasado, con la intención de desarrollar, más allá de las pasiones que han dividido tantas veces a los argentinos, una visión pluralista donde pudieran refugiarse todos aquellos que procuran que el pasado, lejos de enconarnos unos contra otros, vaya difundiendo entre nosotros un espíritu de seriedad científica y tolerancia ideológica.

Como avanzados de esta tercera intención pacificadora mencionaríamos a historiadores del fuste de Tulio Halperín Donghi y Luis Alberto Romero.

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