A grandes rasgos, podríamos caracterizar la política europea de la primera mitad del siglo XX como de una conflictividad bélica tan extrema que, terminada la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos se propusieron que nunca más se desarrollasen guerras en sus territorios.
Como un simple ejercicio enumerativo, mencionaremos las siguientes contiendas desarrolladas en suelo europeo:
- Guerras Balcánicas (1912-1913)
- Primera Guerra Mundial (1914-1918) entre dos bloques rivales: Aliados e Imperios Centrales.
Aliados (triunfantes): Francia, Imperio Ruso, Gran Bretaña, más sus colonias y los integrantes de la Comunidad Británica de Naciones, Serbia y Bélgica, a los que se agregaron Japón, Italia, Rumania, Portugal, Grecia, Estados Unidos y Siam (Tailandia).
Imperios Centrales: Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria. - Guerra Civil Española (1936-1939)
- Segunda Guerra Mundial (1939-1945) entre dos bloques rivales: Aliados y Eje Roma-Berlín-Tokio.
Aliados (triunfantes): Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética, con sus colonias y sus ex colonias. Fue decisiva la participación de Estados Unidos para la finalización de la guerra. Se les sumaron también países como Brasil, Bolivia, Colombia, México, Cuba, Costa Rica, Panamá, Irán, China, etcétera.
Eje: Alemania, Italia, Austria, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Croacia, Albania, Finlandia, Japón, Siam, Birmania y todos los territorios ocupados por el Eje, entre ellos, la mayor parte de Francia, Bélgica, Holanda y Polonia.
Debemos aclarar que las guerras están organizadas por los gobiernos y los grandes intereses económicos; los soldados deben actuar como tales so pena de ser juzgados como traidores a su patria, y los que sufren las guerras son los pueblos en general.
A estas tremendas situaciones bélicas debemos agregar los genocidios y matanzas planificados por el gobierno nazi, el turco, el español, luego el estalinista, y por muchos gobiernos coloniales, como el británico en la India y el estadounidense en Filipinas, para sofocar los levantamientos nacionalistas por la independencia.
Por otra parte, en el siglo XX comenzó la lucha de muchos pueblos para mejorar su condición, para liberarse de la dominación de los países imperialistas o para hacer una revolución social y política. La primera revolución del siglo XX fue la mexicana, en 1910. La Revolución Rusa de 1917 tuvo grandes consecuencias a lo largo de casi todo el siglo XX, porque sostuvo, desde sus comienzos, una gran tarea de difusión de sus principios, con la creación, en 1918, del Partido Comunista y en 1919, con el establecimiento de la Internacional Comunista o Tercera Internacional, también conocida como Komintern. La Internacional, que agrupaba a los partidos comunistas de diferentes naciones, se propuso como objetivos la supresión, por vía revolucionaria, del sistema capitalista en el resto del mundo y el establecimiento de repúblicas socialistas, al estilo de Rusia, que llevarían a cabo la expropiación de la burguesía y la socialización de la producción. Tanto estos objetivos, como las medidas dispuestas por el gobierno revolucionario soviético en el orden interno (como el reparto de la gran propiedad terrateniente, el usufructo de la tierra para los campesinos, la nacionalización de las industrias y servicios y el control obrero de la producción), produjeron el rechazo de los países capitalistas. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, estos Estados con sistemas económicopolítico-sociales distintos se necesitaron mutuamente para hacer frente a la expansión territorial nazi-fascista, por lo que se aliaron, entre 1941 y 1945, y realizaron una tregua en su confrontación, que continuó de otra manera con la Guerra Fría, como veremos en este capítulo.
Como consecuencia de la Segunda Guerra se organizó un nuevo orden mundial dominado por los países que habían tenido una intervención decisiva en el conflicto: los Estados Unidos y la Unión Soviética.
Durante el primer cuarto del siglo XIX se habían independizado la mayor parte de los países americanos. En 1922 logró su independencia, tras 800 años de dominación británica, el Estado Libre de Irlanda (con excepción de Irlanda del Norte, que permanece bajo control inglés). El Imperio Británico debió reconocer, en un principio, el autogobierno de sus principales colonias, que se integraban como dominios en el Commonwealth o Comunidad Británica de Naciones, y luego aceptó las independencias no traumáticas, en 1931: Canadá, Nueva Zelanda y Australia, que también tuvieron la opción de permanecer en la Comunidad.
El fin de la Segunda Guerra Mundial desencadenó la crisis del colonialismo. Gran Bretaña, aunque vencedora entre los “aliados”, estaba en bancarrota con una deuda exterior millonaria, acumulada a causa de la guerra –incluso adeudaba a la Argentina–, por lo que sufrió un importante cambio político cuando ganó las elecciones parlamentarias el Partido Laborista inglés y desplazó al Partido Conservador de Churchill. Como Gran Bretaña, las otras grandes potencias europeas agotadas por la guerra comenzaron a perder sus dominios en el mundo colonial. En el Este asiático, las conquistas japonesas (expansión sobre Corea, disputa territorial con Rusia e invasión a China) desafiaron a los imperialismos europeos, pero también contribuyeron al levantamiento de las naciones dominadas en esa región del continente.
Hacia mediados del siglo XX se originó un movimiento mundial de liberación de los pueblos colonizados. En ese período se formaron las denominadas “naciones jóvenes” surgidas del proceso de descolonización. En 1945, al fundarse la ONU (Organización de las Naciones Unidas) sólo formaban parte de ella 50 Estados reconocidos como tales, pero hacia 1962, se habían incorporado a la organización, los países recientemente descolonizados.
Es necesario, entonces, descolonizar la historia. Con esto queremos decir que nos debemos proponer no sólo conocer la historia de los países centrales, sino también estudiar el papel de las sociedades africanas y asiáticas como periferias de la economía-mundo y la herencia cultural que dejó el colonialismo.
La Guerra Fría
Periodización
La expresión “Guerra Fría” fue acuñada por el periodismo para hacer referencia al enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que dividieron al mundo en dos bloques hostiles.
Se puede afirmar que la primera etapa de la Guerra Fría comenzó en 1945, cuando estos países estaban dirigidos por Henry S. Truman y Josef Stalin, respectivamente. El hecho que tomamos en cuenta para esta periodización de la Guerra Fría es el bombardeo atómico por parte de Estados Unidos sobre las ciudades japonesas Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945, con los objetivos de precipitar el rendimiento de Japón y poner fin a la expansión soviética sobre los territorios ruso/japoneses, al sur de la península de Kamchatka. Otros autores afirman que la Guerra Fría se inició en 1947, cuando el presidente norteamericano Truman proclamó la necesidad de contención del comunismo en Europa.
Estados Unidos justificó su política como respuesta al desafío soviético, que había violado los acuerdos de los aliados al finalizar la Segunda Guerra. También el ministro británico Winston Churchill denunció las ambiciones de Stalin, la “amenaza comunista” y la influencia soviética en Europa del Este. Dijo que ésta era responsable de que un “telón de acero” o “cortina de hierro” dividiera al Viejo Continente, separando a Europa Occidental de Europa Central y Oriental. Los primeros hechos que caracterizaron esta etapa fueron la partición de: Alemania en la República Federal de Alemania y República Democrática Alemana (con el bloqueo de Berlín) y Corea, en Corea del Norte y Corea del Sur, tras la guerra.
Una segunda etapa de la Guerra Fría tuvo lugar cuando, a partir de la muerte de Stalin (1953), sobrevino un período de distensión o “deshielo” y mejoraron las relaciones. De este modo, la Guerra Fría se entibió y se inició un proceso de “coexistencia pacífica”. Con la revolución cubana (1959) la situación se tensó, Estados Unidos impuso un bloqueo económico a la isla y se produjo la crisis de los misiles (1962), temas que serán tratados en el capítulo siguiente. Luego, para mejorar las relaciones, se realizaron “reuniones cumbre” entre el presidente norteamericano John F. Kennedy y el líder soviético Nikita Kruschev. El símbolo de esta disminución de las tensiones entre las dos superpotencias fue la instalación del “teléfono rojo” en 1963, que comunicaba a la Casa Blanca de Washington con el Kremlin (sede del gobierno soviético) en Moscú. También se desarrollaron conferencias de desarme y se alcanzaron acuerdos para la limitación del armamento nuclear y la prohibición de pruebas atómicas.
Sin embargo, en la década de 1970, el enfrentamiento entre los dos bloques continuó con un gran despliegue atómico, y se inició un nuevo período de tensiones, al que el historiador Eric Hobsbawm denomina Segunda Guerra Fría. Las relaciones con Occidente se enfriaron a partir de la invasión soviética a Afganistán (1979) y el boicot norteamericano a los Juegos Olímpicos de Moscú. La Segunda Guerra Fría se extendió en los años 1980, durante “la era Reagan” cuando el presidente estadounidense lanzó una ofensiva en el campo nuclear, para debilitar y paralizar ala Unión Soviética. Los nuevos programas de rearme de las fuerzas de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y la instalación de misiles de largo alcance provocaron importantes manifestaciones pacifistas en las capitales de Europa Occidental.
La Unión Soviética
Durante casi treinta años la política soviética estuvo dirigida por Josef Stalin, quien controlaba el Partido Bolchevique, la administración y la policía del Estado. Entre 1934 y 1938, el líder soviético emprendió una serie de depuraciones internas –los juicios de Moscú–, en los que viejos dirigentes del partido bolchevique fueron obligados a confesar delitos, sufrieron la cárcel y la deportación a campos de trabajos (los gulags), o murieron ejecutados.
Stalin proclamó su política de “construcción del socialismo en un solo país”, y su prioridad fue la realización acelerada de industrias básicas. Esta política dirigida con objetivos de producción se cumplió con un costo elevado para los soviéticos. Fue una industrialización forzada, planificada por el Estado, a expensas de la explotación de campesinos y el sufrimiento de los pueblos de la URSS, que soportaron todo su peso. También dispuso la colectivización forzosa de la tierra en inmensas granjas o cooperativas agrícolas estatales (koljoses) y una colosal mecanización (cosechadoras y tractores).
El líder soviético creó un poder a su medida y un culto público a su personalidad. Hasta su muerte, en 1953, dirigió los destinos de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, participó en las conferencias de los “aliados” y ordenó el bloqueo de Berlín que dio comienzo a la Guerra Fría.
Su sucesor, Nikita Kruschev, criticaría duramente el militarismo y la cultura bélica creada por inspiración de Stalin; sostenía, en cambio, la idea de que la guerra era evitable y que era posible la coexistencia pacífica con el bloque Occidental.
El régimen de Stalin

La Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría fueron el marco y condición para el fortalecimiento del régimen de Stalin en la Unión Soviética. Estas presiones externas contribuyeron a distorsionar la economía con los gastos de la carrera armamentista, el incremento de la persecución ideológica, el fortalecimiento de las fuerzas de seguridad interna y la ilegalización de la oposición.
Algunas de las características del estalinismo fueron: el abandono de la democracia interna del Partido Bolchevique de tiempos de Lenin; la prohibición de las discusiones colectivas; las restricciones a la libertad de desplazamiento de las personas –la misma quedó sujeta a autorización estatal, incluso para cruzar las fronteras hacia otros países de Europa del Este– y la fuerte presencia de la policía política (KGB), como poderoso organismo de seguridad del Estado en todos los órdenes de la sociedad. Así, el Estado socialista que debía fundarse sobre las relaciones fraternales y el poder del proletariado, tuvo un desvío totalitario. Hubo desplazamientos de poblaciones enteras a campos de trabajo forzado en Siberia (los gulags).
Durante el régimen estalinista la cultura quedó supeditada al Poder, se impuso la censura en las obras científicas y literarias. El marxismo, en su versión oficial, fue difundido en los manuales de enseñanza, y se adoptó una doctrina artística, supuestamente superadora de la cultura decadente occidental, cuya influencia fue rechazada. Los escritores soviéticos debían producir literatura realista y auténticamente socialista, con “héroes positivos”. También se pretendió desarrollar una ciencia oficial que demostraría ser superior a la de Occidente y que ignoraba la nueva física gestada allí. Las obras de Albert Einstein estuvieron prohibidas durante mucho tiempo, hasta que fueron rehabilitadas en 1959. También el psicoanálisis de Sigmund Freud.
En Occidente, el macartismo estadounidense propagó el temor al comunismo revolucionario mediante la propaganda antiestalinista, deslegitimando las ideas o teorías políticas socialistas, al identificarlas con el régimen de Stalin (un Estado totalitario), influido por estas ideas.

La Unión Soviética y el bloque del Este
Europa del Este –bajo la influencia de la URSS– estaba integrada por ocho naciones: Polonia, Hungría, Albania, Bulgaria, Rumania, Yugoslavia, Checoslovaquia y Alemania Oriental. Este bloque de países –conocidos en Occidente como “países satélites” de la URSS– estuvo bajo el poder de gobiernos comunistas o de alianzas de partidos con predominio de los mismos. Tenían regímenes políticos de partido único. La cooperación entre los llamados “países del socialismo real” tuvo lugar al integrarse al Comecon, creado en 1949, en respuesta al Plan Marshall estadounidense, y al adoptar el modelo soviético de economía planificada por el Estado. Sin embargo, la integración dentro del bloque soviético no era voluntaria. Los socialistas húngaros se levantaron contra el estalinismo en octubre de 1956, pero en noviembre de ese año su gobierno fue masacrado por la llegada de los tanques soviéticos; miles de húngaros murieron en lucha o fusilados, y decenas de miles se exiliaron

